Yhsam (I)

Nadie en su sano juicio iría a la ciudad maldita de Yhsam. Salvo el anciano que, desde la proa de un barco pesquero se acercaba entre la niebla. La luz matinal penetraba dicha neblina, pero eso no evitaba que los marineros estuviesen nerviosos. Más aún porque algunos decían haber visto “largas figuras como tentáculos” en el mar.

Para el anciano todo eso daba igual. Para el capitán, no tanto. El pago por el transporte era tan sustancioso que apenas dudó. Ya lo habían apodado Sinsuerte. Dos barcos perdidos, los marineros morían enfermos cuando iban a pescar y lo que conseguían pescar no daba suficiente para obtener beneficios.

Pero varias gemas y monedas de oro eran otra cosa. Con eso podría contratar más marineros, un capitán, otro barco. Podía tener un negocio sin tener él que navegar su viejo navío pesquero. Sólo unos cuantos hombres se atrevieron a llevar el barco hasta Yhsam.

La isla podía verse a lo lejos. Era bastante inmensa, y la ciudad ocupaba gran parte. Los rumores y los que vivían ahí decían que era un buen sitio. Granjas, mercados, bibliotecas e incluso una mina de plata. Pero nadie volvía una vez iba a Yhsam.

El acuerdo era acercarlo hasta los muelles. Una vez cerca, el anciano tendría que ir en bote hasta la costa, hasta entrar en la propia ciudad. El dinero era jugoso, pero dejar el barco cerca, era algo que el capitán sabia que iba a ir mal.

Los rumores eran que un culto quemó cada barco que había, para que nadie escapase. Quizá alguno de los barcos que llegaron hasta Yhsam fueron quemados, o quizá algún superviviente lo robó para intentar escapar. Pero los muelles estaban vacíos.

El anciano vestía un poncho largo, junto con una túnica gruesa. No se le veían las manos. Barba grisácea y arrugas en su rostro. El capitan suponía que sería algún estudioso que quería saber qué pasaba ahí. Aunque el ser profesor o estudiante no era forma de ganar las joyas y el oro que habían recibido.

“Una vez estemos cerca” dijo el capitán acercándose al anciano “te daremos el bote y a partir de ahí irás tú solo”

“¿Queda poco?”

“Unos minutos. Da gracias que me estoy acercando demasiado. No sé si un viejo como tú… bueno, un anciano, sea capaz de remar”

El anciano sonrió, mostrando dientes podridos.

“Voy a por mis cosas”

El anciano se acercó al mástil, donde había un bastón simple y una cartera grande y pesada. Una vez el capitán dio órden de parar y dar la vuelta, le dijo al anciano que era hora de bajar al bote e ir remando hasta el puerto. El anciano, sin dificultad alguna, dejó sus cosas y se metió en el bote.

Cuando lo bajaron, comenzó a remar sin dificultad alguna. Los marineros y el capitán se quedaron mirando su figura, que se perdía en la niebla. Todos estaban en el mismo lateral del barco. Salvo uno, que habia vomitado de nervios al otro lado.

“¡Capitán!” gritó el que vomitó “He visto algo en el agua”

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