Yhsam ( II )

El anciano remaba con bastante fuerza pese a su aspecto. Su túnica y su poncho le protegían del viento que soplaba, salpicando agua. El mar era bravío, y las olas levantaban y bajaban el bote. Aún así el rostro del hombre viejo era inquebrantable, como si no tuviese miedo de ahogarse.

Lejos, entre la niebla y gracias al pequeño sol que se fundía en el horizonte, pudo ver el barco virar. Pero también podían vislumbrarse figuras extrañas bajo el agua. Quizás, para un marinero, fueran las típicas habladurías de monstruos bajo el mar.

Una vez estuvo cerca del puerto, fue hasta una de las partes que accedían al puerto desde el mar, para los barcos pequeños o los que tenían que entrar y salir al agua del puerto. Sacó una de las cuerdas con lazo del bote, y la lanzo a uno de los palos gruesos que sobresalían de la madera, para así evitar que se fuera el bote.

Bajó de él con cuidado, con su cartera, que se la colocó como un bolso. Ayudado por su sencilo bastón ando por las podridas tablas de madera. Algo verde pastoso crecían entre las juntas de los tablones, y el olor era a mar muerto, como si el olor típico del mar hubiese fallecido varios meses antes.

Subió por una escalera, y vio los almacenes y lonjas del puerto. Nadie había por ahí. Silencio, salvo por el movimiento del mar, chocando contra los pilares del muelle en sí. El anciano miró arriba. Un cuervo negro sobrevolaba el lugar, y se adentró en la ciudad, perdiéndolo de vista.

Se acercó hasta un barco que estaba derruido, atracado en el puerto. Parecia haber sido partido en dos, con varios lugares rotos y restos de hollín. La proa estaba cubierta de negro, y un par de esqueletos yacían en las tablas de madera, junto a ese extraño verde que crecía.

El anciano sacó una especie de reloj de bolsillo de su cartera. En vez de marcar las horas, los números eran figuras runas, incomprensibles para el ojo inexperto. Pero el anciano sabía qué decían. La aguja se mantenia en un cero cruzado por una línea vertical, donde estaría el doce.

Se agachó cerca de los esqueletos. Comprobó que el verde se extendía por los huesos. El reloj comenzó a cambiar hacia un símbolo imposible de definir. La aguja se movía frenéticamente a medida que lo pasaba desde la zona donde habia verde y donde no.

Cerró el reloj y se puso de pie con un quejido. Miró a lo lejos, al barco que estaba dando la vuelta. Guardó su reloj especial, y sacó un orbe blanco con su mano izquierda. La derecha se acercó, y un color rojizo comenzó a llenar la bola de cristal.

Al fondo vio como el barco se movía de lado a lado con furía. Temblores movían los tablones del muelle. El rojo seguía invadiendo el blanco. El anciano siguió con sus ojos la figura del navío entre la neblina. Una figura enorme, como un tentáculo, emergió del agua y partió el barco en dos con un movimiento rápido. Un sonido gutural se escuchó en toda la isla.

“No me he equivocado” dijo el anciano riéndose con sus dientes podridos.

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