Yhsam ( III )

Mientras veia como el barco se hundía, el anciano guardó el orbe, el cual había vuelto a su color blanquecino. Antes de cerrar la cartera, sacó un trozo de pergamino. En él habia una especie de mapa, mal dibujado, y con dos equis marcadas en unos puntos confusos.

El anciano alzó la vista otra vez. Se aproximaba una lluvia, y el cielo seguía tapado. Se adentró al puerto, donde estaban los almacenes y las lonjas. Paseó por el borde del mar, buscando una calle que se adentrase. En el mapa había anotado un nombre que marcó con su dedo: “Pescadería Buel”

Todo estaba abandonado, sin signo de vida. El verde de los tablones del mar no llegaba hasta las calles empedradas o las zonas de tierra. El anciano no anduvo deprisa, sino que se detenía para comprobar el estado de cada edificio. Algunos derruidos, otros quemados y algunos intactos.

Varios esqueletos yacían en el suelo. Sangre seca marcaba algunas paredes. Barriles, cajas, fardos y sacos se amontonaban en algunos lugares. El anciano se acercó para inspeccionarlo con la vara. En un saco había una docena de ratas muertas.

Tras varios minutos paseando, encontró dicha pescatería. El cartel seguía arriba, con una imagen pintada de un pez. La puerta seguía intacta. Se acercó, e intentó abrirla. Atascada. Miró arriba. No había ventana alguna. El anciano sustrajo una varilla del interior de su túnica, la introdujo en la cerradura.

Comenzó a salir humo, hasta escuchar un sonido metálico. Retiró la varilla, que cayó al suelo. El metal se había tornado negro, y la puerta ya estaba abierta. Giró el pomo, y entró en la oscuridad. Su mano, a ciegas, tocó la punta de la vara, y esta emitió una esfera de luz.

A los lados de la puerta habían apilados mesas, barriles y cajas. Al otro lado, donde había una puerta grande, había más cantidad de cajas y demás materiales que servían para crear una barricada. Miró a la dereha. Sangre en las paredes, algunos cadáveres en estado de putrefacción. Miró a la izquierda. Una escalera de mano subía a pequeño segundo piso.

“¿Hay alguien aquí?”

Silencio. El anciano se adentró. El hedor haría vomitar a cualquiera, pero el hombre mayor no se inmutaba. Comenzó, poco a poco, a retirar las cajas y los barriles, hasta poder abrir un poco la puerta, lo justo para pasar afuera. Una vez lo hizo, se encontró con una pequeña plaza.

Cada puerta tenía marcada con sangre una X en la puerta. Habían un par que no, y estas estaban tumbadas en el suelo, con ventanas rotas, esqueletos colgando de ellas y más ratas muertas. El anciano miró el mapa. Se orientó, y caminó hasta una de las puertas.

La llovizna comenzó a golpear el suelo. El anciano se colocó su capucha del poncho verduzco que llevaba puesto. Tocó en una puerta varias veces, y se escuchó movimiento en el interior.

“Contraseña”

“No soy de aquí, pero la sé”

Silencio breve.

“¿Cómo la sabes? Tengo una ballesta.”

“No vengo a hacer mal, busco a mi hija, Yesa”

Murmuros en el interior.

“Di la contraseña”

“Rey muerto” dijo el anciano.

La puerta se abrió.

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