Yhsam ( IV )

Tras el umbral, el hombre sostenía una ballesta. A su lado, una mujer era la que abría la puerta, con un cuchillo largo en la otra mano. Al fondo, una chica, con lo que parecía ser un hacha de mano. En el silencio salpicado por el ruido de la lluvia inspeccionaron al anciano.

Seguía siendo un hombre mayor, con un bastón y barba grisácea. Era más un mendigo que una amenaza. Le hicieron pasar deprisa, tras lo cual cerraron la puerta. La habitación principal estaba cerrada a cal y canto. Ventanas tapiadas con tablones de madera.

Un fuego ardía en la cocina, adyacente a la habitación donde estaban, donde habían tres sillas cercanas. Un puchero en el fuego. Olía a comida, a hogar. Pero entre ese olor el anciano percibió muerte. Los tres habitantes lo rodeaban, y no dejaron de mirarlo en ningún segundo.

“No soy una amenaza” dijo el anciano “Sólo busco a mi hija”

“¿Yesa, no?” dijo el hombre “Marian, Elaina, controlad el fuego y la comida”

“¿Podría sentarme? Veo que tenéis sillas de sobra”

“Sí, por supuesto” el hombre acercó un par “Por desgracia nos sobran”

Los dos se sentaron, no cerca del fuego, pero si lo suficiente para sentir el calor residual.

“¿Sabe que la ciudad está perdida, no?”

“Sí, esos eran los rumores. Pero no me queda nada en la vida. Yesa es mi única hija viva. No tuve hijos, mi mujer murió hace años…”

“Lo siento. Nosotros también hemos perdido mucha gente”

“He visto los esqueletos. ¿Hace mucho que ocurrió… alguna catástrofe?”

“Sólo sabemos que hombres enmascarados iban por la ciudad asesinando gente. Al principio era una noticia curiosa. Los guardias acababan con ellos enseguida, pero poco a poco fue aumentando”

El anciano abrió la cartera, y el hombre se puso de pie, con el puño listo para golpear.

“Sólo voy a sacar mi pipa”

Sacó una pipa y una bolsita. El hombre volvió a sentarse. Las dos mujeres observaban la conversación desde las sillas de la cocina. El anciano se colocó tabaco en la pipa, lo apretó bien con el dedo, encendió una cerilla, y comenzó a fumar. Grandes volutas de humo emergían de su boca.

“¿Qué ocurre afuera de aquí?” dijo la muchacha “¿Vendra algún ejército a rescatarnos?”

“Lo dudo” dijo el anciano soltando humo “Seguramente habréis visto gente venir hacia esta isla, no?”

El hombre afirmó con la cabeza.

“Muchos de los barcos desaparecen en esa maldita niebla. Luego, los que consiguen llegar acaban muertos por falta de experiencia. No saben nada de los acechadores”

“¿Acechadores?”

“Criaturas más grandes que un hombre, con tentáculos en forma de barbas. Tienen dientes afilados, capaces de arrancar la carne a un jabalí. Y…”

“Cariño” dijo su mujer “No asustes al hombre. Es hora de dormir”

“¿Esta cansado?”

“Un poco” dijo el anciano “Pero no quiero molestar”

El humo de la pipa comenzó a morir.

“Tenemos un rincón para los invitados, está arriba, en las escaleras”

Una vez subieron, el anciano se recostó en un rincón, con almohadones y mantas.

“Le subiremos algo de comida”

“No hace falta. Sólo quiero descansar un rato”

Una vez el hombre se marchó, el anciano se reposó, cerrando los ojos. Pero sus oídos seguían los pasos del hombre, el crujir de la madera al bajar por las escaleras. Los murmullos de la familia.

“Una vez se duerma” dijo el hombre “lo matamos”

Con ojos cerrados el anciano sonrió, mostrando sus dientes negros.

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