Yhsam ( V )

El padre de familia, Buel, subió las escaleras con la ballesta entre sus manos. Una vez vio al anciano, este tenía los ojos abiertos. Uno, sentado entre mantas y harapos. El otro, de pie con la ballesta cargada con un virote. Su pulso no temblaba apenas.

“Lo siento, anciano. Tenemos que comer”

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Prohibido hacer fotos

Una de las prohibiciones de, al menos de un hospital que conozco, es que no puedes hacer fotos en el ala de psiquiatría. Realmente la prohibición es que no puedes llevar móviles dentro, para así, entre otras cosas, no puedas hacer fotos a los enfermos, a las personas que por hache o por be están ahí. Evitan así que puedas hacer foto de Fulanito o Fulanita y para luego pasarlo por Facebook y que todo hijo de vecino se entere de que esa persona es un enfermo mental. Esto lo sé porque he estado en un ala de psiquiatría, y no siento vergüenza ni tapujos de hablar sobre ello. Todo esto viene a colación sobre el estigma que hay sobre las enfermedades mentales. Cuando uno piensa en un esquizofrénico, no piensa en el que simplemente se suicidó por no aguantar más o del ciudadano de a pie que puede tener esta enfermedad y la aguanta con su medicación y terapia psicológica. Se piensa siempre en el “loco” que ha matado a su familia, en el que a apuñalado a equis personas o el asesino en serie clásico americano. Porque esto es lo que vende periódicos y revistas. Una de las (un tanto odiosas) comparaciones que me gusta hacer es con el cáncer. Todos escuchamos esas historias de personas que vencen el cáncer, pero pocas las que superan las enfermedades mentales como tal. No hablo de, por ejemplo, la depresión que sufren ciertos famosillos porque les han dicho tal o pascual en un programa esos de gallinero (cabe destacar que hay famosos que SÍ que sufren esta enfermedad) Aparte del problema de hablar sobre la mente y su estado está que muchas de ellas parecen poder curarse con la simple voluntad. “Pues sonríe más” se le dice al deprimido. “Pues no hagas caso a las voces” se le dice al que sufre alucinaciones. “Pues no tengas un tumor” podría decírsele a alguien con cáncer. Está impuesta la idea de que las enfermedades mentales son enfermedades de la voluntad. Las mentales como las físicas, cabe destacar, ayudan con la voluntad que le pongamos, pero no por ello eso va a suplantar un cierto control médico, es decir, terapias y medicación. Es ampliamente conocido que la depresión, por ejemplo, es uno de los males del mundo moderno, pero poco se hace para subsanar esa concienciación necesaria para que la gente no la tome como una forma de carácter. Tiempo ha de pasar para que se reconozca que la mente forma parte del ser en sí, que no es algo separado, que se deba mirar de vez en cuando como el aceite del coche. De momento, la gente es libre de tirar la primera piedra contra cualquier enfermo mental, y estos deben de ocultar su condición como si fuesen homosexuales en tiempos anteriores. Otra cosa que, seguro, da de qué hablar.

Dios y la moralidad (I)

¿Necesitamos un dios para obrar bien? O, mejor dicho ¿necesitamos un dios para no obrar mal?

Es obvio que la religión está en la frontera entre ley y sentido común. Dios es la última y superior figura de autoridad. Alguien omnipotente y omnisciente es capaz de hacernos sufrir de la forma más horrible si cometemos un pecado o realizamos un mal. Pero, ¿es esto verdad? Si no existiese dios, ¿todo está permitido?

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La esclavitud invisible

La adicción, en todas sus facetas, es una característica tan humana como podría ser el amor o la amistad. Es verdad que se han descubierto patrones adictivos en animales, así como amor y amistad entre animales. Pero es en los seres humanos donde adquieren una potencia mayor. Mientras los animales juegan con calibre de nueve milímetros, nosotros jugamos con proyectiles balísticos termonucleares.

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Casus Belli – Primer capítulo

La prostituta de melena rubia y cara maquillada llevaba un vestido de tubo de color rojo, con un bolso a juego. Aparte de sus tacones de aguja tenía unas medias en sus torneadas piernas. No era una puta común y corriente. Era una “escort” El término fino para prostituta cara. Esperaba en la acera de un bar, bajo la luz de una farola, mirando a la lejanía, intentando distinguir el coche de su cliente.

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